En la parte I de este artículo, hablamos de la confusión que existe entre deportes de contacto y autoprotección o defensa personal —en su término más genérico—, así como los motivos detrás de dicha ambigüedad.
En la parte II indicamos por qué las fuentes deportivas no son fiables, así como tampoco las peleas que se hacen virales en la red, a pesar de la buena voluntad de algunos instructores o “expertos”.
Hoy vamos a hablar del eje de entrenamiento del deporte de combate: el sparring, y por qué nosotros prescindimos de él.
ESPERANDO TU TURNO
A pesar de que la etimología del inglés To Spar no está clara del todo, se asocia con la idea de movimientos ligeros de intercambio, prueba o tanteo. Estas tres palabras son relevantes pues describen el vaivén común a esta práctica.
Paralelamente, al estar el boxeo histórico tan relacionado con maestros de armas —solían ser estos los que enseñaban el arte del pugilato— no sería descabellado pensar que dicho va y ven tiene una fuerte influencia del esgrima.
Es esa fluctuación la que te condiciona a la reciprocidad. Kelly McCann lo explica perfectamente a continuación: “Las Artes Marciales son algo que haces con alguien —es decir, existe un intercambio recíproco de movimientos, en el cual él hace esto, y yo reacciono haciendo lo otro— mientras que Combatives, es algo que haces a alguien o sobre alguien […]”.
El vaivén del sparring, condiciona a la reciprocidad
En otras palabras, en Combatives —el urbano, pues el militar está impregnado de deporte— se entrena buscando la unilateralidad. Desarrollar esa actitud aumenta drásticamente tus probabilidades de prevalecer.
Por su parte, Rory Miller, en su muy recomendado libro Training for Sudden Violence, nos comenta: “Una vez que alguien provoque una reacción en ti, jamás debería poder realizar otro acto. Deberás arrojar tanta acción en su contra, que se quede bloqueado”.
Luego, refiriéndose a su forma de entrenar, añade: “Es un sistema de entrenamiento que descarta el timing del sparring, que si lo piensas, estás esperando una oportunidad, un turno… Y para cuando llegue ese turno en la calle, probablemente ya estés acabado”.
Dicho de otro modo, la pelea debe ser un monólogo.
EL COSTE MENTAL
Cuando practicaba MMA, al menos en mi academia, observé que los impactos eran muy controlados, a diferencia de las luxaciones que llegaban al límite. Era más probable entonces, salir con una lesión articular que con un ojo negro.
Esto —que en el fondo es comprensible que ocurra— no sucede únicamente en MMA. Existen muchos sistemas especializados en defensa personal en los que se lucha mucho más fuerte de lo que se golpea.
Rory Miller —otra vez— habla al respecto: “El cerebro posterior —la parte que controla los reflejos automáticos— percibe que los golpes […] nunca terminan la pelea; sólo las sumisiones. Esto condiciona al estudiante a favorecer la lucha sobre los impactos”.
El inconveniente es que los impactos tienen el poder de reconfigurar la pelea, especialmente durante el forcejeo. Por otro lado, la lucha desgasta sustancialmente más que golpear, sobre todo si existe una fuerza igual o superior.
La lucha desgasta considerablemente más que el golpeo
Esto hace que pierdas el enfoque y te retrases en tu objetivo. Te expones a numerosos riesgos durante más tiempo del necesario, comprometiendo así tus posibilidades de salir indemne.
Paralelamente, si sólo luchas, no verás las oportunidades que te ofrecen los impactos. En clase, tenemos el lema “No luches más fuerte de lo que estés dispuesto a ser golpeado” para evitar este condicionamiento negativo.
No estamos aquí para demostrar quién es más fuerte o más ágil. Eso, se lo dejamos a los atletas. Más de uno que ha venido con intenciones de “dominar” se ha llevado alguna sorpresa.
EL MIEDO SOCIAL
Otro problema del sparring, desde un punto de vista puramente didáctico —pero debatible desde otras perspectivas— es la intervención del Ego, o mejor dicho, el saboteo del aprendizaje.
Y no es que la competitividad sea mala, al contrario. El problema es contra quién se compite: El yo vs. tú es social. Esto conlleva a que suba la adrenalina, se cree tensión muscular innecesaria, y aparezca el temido bloqueo mental. Todo por miedo al fracaso, es decir, a perder.
Hace falta experiencia y humildad para no asociar mentalmente un duelo deportivo con rivalidad social. Dichas cualidades casi nunca están del lado del alumno, cuyo nerviosismo —generado por el peso social—, frena su progreso.
El lastre social frena el progreso del alumno
Ahora, en la mayoría de escuelas de Combatives se utiliza un método de enseñanza basado en roles. En él intervienen un sujeto —también llamado agresor, término que se evita por empoderar al adversario— y el principal.
Esto convierte al entrenamiento en yo vs. amenaza. Lo cual, una vez asimilado, minimiza la presión del Ego durante el aprendizaje.
Aquí no se no busca dominar o ganar sino unicamente neutralizar la amenaza. Para ello, es válido cualquier recurso: escapar —estrategia que jamás se contempla en el sparring— o por medio de la violencia.
LO BUENO, LO MALO Y LO FEO
Como ya mencionamos en el artículo anterior, decir que el sparring es inútil sería prepotente y de mala fe. Todo depende del contexto. Bajo mi punto de vista, estos son los valores que más aporta, es decir, lo bueno:
– Deshacerte del condicionamiento moral y lograr hacer daño a otro ser humano
– Acostumbrarse a recibir golpes sin perder el norte (quizá, la más importante)
– Entender el manejo de las distancias y el juego de piernas
– Desarrollar explosividad y resistencia
– Adquirir reflejos inmediatos
– Gestionar la adrenalina
Adicionalmente, para los que han practicado Kárate cuando niños o algún tipo de combate en el que no se permitiese pegar a la cara —o incluso, el mero contacto—, el sparring es perfecto para desbloquear esa inhibición tan arraigada en el subconsciente.
Por otro lado, los que practican sparring con contacto suelen tener una ventaja indiscutible sobre una persona no entrenada. Hablamos de la pelea de tipo social —Esto es, en búsqueda de dominancia, estatus o territorio.
Lo malo, es que suele fallar en la pelea asocial (hurto, violación, sadismo grupal, asesinato, etc.). “Si sólo conoces […] el movimiento bidimensional del sparring, no estarás familiarizado con la acción caótica de una pelea.” —Nuevamente el Sr. Miller.
Y por último, lo feo, es que una pelea social puede tornarse asocial en cero-coma, pues despierta instintos subyacentes. La misma sangre, puede actuar como desencadenante y activar una crueldad situacional o un estado de frenesí.
LA JAULA FANTASMA
Muchas veces he escuchado: ¿Y qué pasa si sabe MMA? Lo que parece ser el gran miedo de muchos practicantes de autodefensa, y una de las excusas para entrenar técnicas puramente deportivas. Ahora bien, ¿es este temor razonable?
Por un lado, es innegable que la influencia del MMA —con la poderosa UFC detrás— ha moldeado la pelea callejera. Esto se ve en la aplicación de técnicas deportivas en las aceras (otra vez, no hablo de la basura concertada que hay por ahí).
Dicho esto, las probabilidades de que unos de los intervinientes sea practicante de MMA o sus deportes adyacentes, se estima inferior al 11,5%. Lo cual es suficiente como para entrenar lo identificado, pero sin transformarlo en la base de tu práctica.
Para ello, hay que acercarse a la realidad y obtener estadísticas. Además de saber diferenciar lo espontáneo o natural, de lo acordado o escenificado, en las presuntas peleas callejeras.
Para finalizar, este miedo proviene de una incapacidad en aceptar tu propia vulnerabilidad. Pero eso es un problema que tienes contigo mismo, no con los demás. Y eso no se va a ir entrenando todas las Artes Marciales, 24h al día, 7 días a la semana. Se irá, cuando aterrice tu Ego.
CONTEXTO REAL
Existe un contexto ideal, visualizado por la mayoría de los practicantes —y lamentablemente, también instructores— en el cual se imaginan el conflicto espontáneo con dos personas, frente a frente, preparadas para el enfrentamiento.
Por otro lado, existe un contexto real en el cual un ataque inesperado, sin saber muy bien cómo, te deja a merced de las patadas de uno o más individuos. Violencia no acordada, es hablar de golpes a traición, agarres, empujones y desorden.
Por ello, los escenarios dentro de la autoprotección deben ser acordes con la realidad. No tener como referente al deporte o al espectáculo, si se quiere ofrecer soluciones a problemas tangibles.
Los escenarios deben ser más acordes con la realidad y menos con el espectáculo
Ahora, arrastrar a un practicante y patearle en el suelo no será lo más vistoso para colgar en Instragram. Pero, teniendo en cuenta lo mucho que sucede, puede ser más útil para su supervivencia que colocarle unos guantes de boxeo.
Dicho esto, los deportes de combate aportan mucho valor, y son perfectos si quieres retarte a ti mismo. Yo lo hice en su momento, y a pesar de una fractura de húmero, jamás me arrepentí.
Por otro lado, la gran mayoría de sus beneficios se pueden obtener mediante ejercicios específicos. Hablamos de acción-reacción, enfoque, role-play agresivo, simulacros de alta intensidad y trabajos libres de media intensidad.
Paralelamente, la contundencia de los impactos y la lucha se pueden equilibrar con el uso de protecciones especializadas. En la escuela, por ejemplo, hemos ido incorporando diferentes tipos de cascos, petos o protecciones a utilizar según el ejercicio. Esto es costoso, pero vale la pena el esfuerzo.
Para terminar, tres puntos que ayudan a ver la perspectiva que queremos hacer llegar:
– Los idealismos caballerescos se inventaron para el civilizado. La naturaleza se ríe ante eso de “suelta el palo y pelea como un hombre”.
– La piedad es un error que se paga caro, y son los menos domesticados los que más probabilidades tienen de prevalecer.
– Replicar la estrategia del oponente es lo más absurdo que puedes hacer cuando tu intención no es jugar.
Los que entiendan esto —y entrenen acorde a ello—, serán más difíciles de neutralizar.
Gracias por leer.

